domingo, 29 de enero de 2012

L'amore di un gatto

La Luna brillaba sobre el lomo de un gato acurrucado junto a una de las miles de delgadas chimeneas que coronan los tejados de Italia. Negro de vientre albo y ojos perezosos color miel, acudía a ella todas las noches desde que aprendió a escalar y la Luna dichosa lo acariciaba con su luz hasta que él se dormía en sus brazos, pero esa noche el gatito suspiraba por otro amor, con los ojos perdidos y batiendo sólo la punta de su cola, pensaba en la pajarita que venía todos los días a visitar el árbol junto a la ventana de su amo, ella de pequeños ojos café oscuro y suaves alas, llenaba de música el lugar con sus cantos e interrumpía las largas siestas del gato, quien sin que ella se diera cuenta la observaba por el rabillo del ojo todas las tardes, ella parecía muy atareada acomodando pequeñas ramitas en una de las esquinas entre los brazos del árbol, y el gato decidió llevarle tímidamente hojas secas y ramas todos los días hasta que gano su confianza, ella le sonreía con sus ojitos y se dejaba acompañar en las tardes mientras él se agazapaba bajo el árbol juguetón, se ponía de espaldas en el pasto y con una pata hacía como que la acariciaba de lejos.

Él despertaba tarde y ella madrugaba , él esperaba con ansias la Luna y ella se bañaba con los rayos del Sol cada mañana, ella tenía plumas y él un despeinado pelaje, a ella le gustaba la forma de su hocico y sus orejas puntiagudas, a él le gustaba su graciosa forma de andar en la tierra y su forma de volar tan lejos de todo y te todos. Él quería cuidar todas las noches su sueño y ella quería acurrucarlo con su canto cada mañana.

La Luna furiosamente celosa hipnotizo con su inmensidad, que no deja claro cuando está lejos y cuando cerca, al despistado gato que embobado siguió caminando por los tejados hasta llegar a Roma, se acabo la dulce hipnosis y el caluroso Sol apareció entre los monumentos, el gato desorientado se vio completamente perdido en medio de la Via Giovanni Giolitti, caminó por el empedrado a penas dos cuadras cuando un enjambre de motos pasaron repentinamente como un huracán, dejándolo asustado bajo un puesto de frutas donde un viejecito de sombrero y abrigo negro elegía unas naranjas y se agacho para mirarlo, el gato entendió que si hubiese portado el collar que muchas veces intentaron ponerle y del que se zafó hábilmente con sus patas, ahora tendría una posibilidad de volver a casa. El viejecito le extendió una mano y el gato temeroso se acerco cojeando, él lo tomo con cuidado y caminó con él hasta el hotel Augustea en la Via Nazionale, donde se hospedaba. El viejecito curo su pata con cuidado y se despertó en la noche cuando el gato trepo a su espalda, se hizo un ovillo y ronroneo hasta dormirse, pero no lo quito ni se movió, sonrío suavemente y se durmió. Débil, paso unos días con el viejecito a quien le gustaba acariciarlo con cuidado de la cabeza hasta su cola. Un día despertó en el caos de una mucama espantándolo con una escoba, engrifado por el miedo salió hecho un rayo por la ventana y a los varios metros se dio cuenta que se encontraba nuevamente solo y perdido.

Caminó por los tejados mirando con curiosidad la locura que era el mundo bajo sus patas, no entendía a los humanos siempre apurados, en una ciudad tan hermosa que finalmente era para turistas bella y para los citadinos un trámite. Pensando que él también vivía bajo las alas de su pajarita y debía ser un ser extraño, pero aún así disfrutaba de su compañía y aun que fueran muy distintos no quería perderla, pero en este caso, era él el perdido. ¿Estará pensando en mi?, ¿Me esperará o buscará otro árbol?. El gato triste y distraído no dio cuenta del caminar y ya atardecía. ¡La Luna!, ¡Si me encuentro de nuevo con ella, me perderé aún más y nunca me dejará regresar!, corriendo ágil por las calles busco un lugar donde esconderse y de pronto se hallo en un callejón lleno de cabezones gatos romanos, retrocedió con las orejas hacia atrás atento a los movimientos de ellos, que se le acercaban engrifados, medio de lado para parecer mas grandes, el mas corpulento se le lanzó encima, el gatito cerró fuerte sus ojos puesto que era un gato de casa y no sabía defenderse, esperó lo peor.

- ¡Buon pomeriggio, mio caro amico!, ¿Te acuerdas de mi?.

Abrió sus ojos de golpe y casi habiendo mojado su pelaje del miedo, lo observó, era el vistoso novio de la más bella de sus quince hermanas (de varias camadas distintas, que se encargaron de repartir sus padres) quien viéndole cara de perdido lo invitó al Rome Pub Crawl de Via del Corso, donde los humanos borrachos botaban el mejor prosciutto al piso y ellos se daban un festín entre sus piernas, que se acariciaban de ves en cuando por debajo de las mesas.

De amanecida contento por haber escapado de la Luna, se balanceaba por una orilla del río Tevere, mientras los otros gatos alegres cantaban “Tutti quanti voglion fare jazz” entre hipos sobre el Ponte Sant’ Angelo. Ebrio de amor les contó sobre su pajarita y ellos se burlaron diciéndole que no se jugaba con la comida y que debería buscarse una de su especie.

- ¿Qué tiene de malo que no sea de mi especie si yo la amo tanto y nunca le haré daño?

- Es que así son las cosas, los gatos con los gatos y los pájaros –¡HIP!- con los pájjjaros…

- ¿Y quien dijo que debía ser así?

- No lo sé, pero alguien lo dijo y debe estar escrito en algún lado. - Sentenció Cesar, antes de caer rendido bajo el puente.

Abatido, siguió el resto de su camino con indicaciones de los gatos romanos y preguntando a quien fuera si alguien sabía quien había dicho que no podía haber amor entre especies distintas, todos lo decían, pero nadie tenía una respuesta concreta, unos hablaban de un libro escrito por humanos donde algo decía, otros sobre un hombre que vivía lejos sobre las nubes que decía que así debía ser y lo contrario estaba mal. ¿Mal?, ¿Puede de alguna forma el amor ser malo?, el gatito poco sabía de amor, pero sabía que la felicidad de ella era la única que le importaba y quería pasar con ella sus nueve vidas, sentir sus alitas revoloteando su corazón era lo mejor que le había pasado desde que su vieja bola de lana, apareció luego de años bajo un ropero dispuesta a seguir rodando.

Después de varios trasbordos de polizón llego a Rieti, un pueblo a las afueras de Roma, divisó a su amo desde el tejado, en el mismo sillón de siempre junto a la ventana, pero ésta vez con la ventana abierta, para recibirlo por si volvía. Sin embargo él corrió a su árbol encontrando en el nido extraños óvalos grisáceos y ni rastros de la pajarita. Bajó afirmándose con sus garras por el tronco, camino a paso lento hacia la ventana donde su amo lo acaricio, lo recostó en su regazo y le dijo: ¿Te enamoraste que andabas tan perdido?.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Niño Soldado

Ni siquiera me dejó un mensaje dentro de tanta botella vacía esparcida por el piso el maricón, así son todos los hombres, y más cuando son milicos, tanta medalla que se ponen los huevones, ¿Qué guerra han ganado? ¿Medallas de qué? De tanta represión será, de tanto lumaso, de tanto abuso de poder.

Yo pongo a la Janis Joplin, a Lou Reed y me fumo un pito y se enoja el huevón, como si el no se cayera de borracho cada vez que puede, es lo mismo, es más sano incluso, pero que va a saber él, si ningún milico es sano, son todos una manga de enfermos que como yo nacieron en el espacio y tiempo equivocados, ellos debieron nacer en una Alemania Nazi, que saciara su mente enfermiza. Y yo, yo debí nacer donde sea, por que soy del viento, donde sea, pero en los ’60, andaría con mi pelo suelto ondulado, nunca se me hubiese oscurecido, me hubiese comprado la típica Volkswagen con el signo paz, la hubiésemos pintado de muchos colores con mis amigos, le hubiese dicho a mi papá que me iba a la universidad que me pasara plata y que me mandara todos los meses y me hubiese ido hasta donde se terminase la carretera, de pueblo en pueblo tocando guitarra y escuchando historias de la gente humilde, de la que mas he aprendido, los cuicos se llenan la boca con sus palabras rebuscadas y en una hora no te dicen nada, un pobre te cuenta su vida tan solo con la primera mirada.

Me creo hippie, compro hamburguesas de soja en la calle, a los hare krishna que aparecen de repente, pero les pongo mayo gringa, por que todo es gringo ahora, The Chilean Way perro.

Nos conocemos desde pendejos, es el primero y el único, cuando iba a pensar que se iba a transformar en esto, tanto miedo que tenía el pobre de terminar como su padre, y mírenlo, tanto pataleo para no hacer el servicio y ahora le encanta, se siente superior, es otro, le entregaron un arma y se le lleno de plomo el cerebro.

Cuando veo su figura entrelazada a la mía a contraluz en la mañana, esas horas en las que somos uno solo, en una danza violenta y mansa, me suelta el pelo y me mira tanto rato, en esos momentos, todavía puedo ver un poco de ese niño que llegaba a mi casa llorando de rabia, porque el papá le pegaba a la mamá y el no podía hacer nada, le tenía tanto odio al viejo y ahora lo mira con orgullo, hacen el saludo militar con la mano tiesa, como bala dirigiéndose a la gorra y luego hacen sonar sus palmas en la espalda del otro, que machos, que fuertes, que imbéciles mas ridículos, un espectáculo patético su fiesta de lo absurdo.

Mis viejos no son el gran ejemplo pero todavía bailan hundidos en su universo paralelo, donde solo existen los dos y se regalan flores y canciones. Su mamá les pone la mesa y les sirve a ellos primero, después come ella. Que muestra de hombría más grande, que derroche de caballerosidad a la mujer que se supone aman más en el mundo.

Debí quedarme con el pelucón cubano, el de la casa de huéspedes de la Toña, dice mi vieja, cuando le cuento mis penas y me delata la calidez de mis lágrimas al caer en su falda. La Toña, esa señora que siempre anda con el hocico morado de tanto rajárselo con tinto, la boca florecida de tanto amar, me dice cuando le acompaño un navegado y metemos cháchara mientras el cubano nos armoniza predicando al Silvio, a Manu Chao y a la Janis, por que sabe que me gusta, me dedica canciones y yo me río. ¿Qué haces con ese pelado?, Pinga! Que ese huevón no es para ti, ¿Y quien es para mi cubano?, ¿tú?, tu me vas a dejar votada cualquier día y te vas a la Isla y les vas a contar a tus amigos de mi, cantando “Santiago de Chile”, dónde vas a decir que amaste a una mujer terrible, se queda callado, pero sonríe, siempre sonríe. ¿Cuándo dejo de sonreírme el Pela? Se enoja cuando le digo Pela, Pelado, Pelón, si hasta su hermoso pelo rizado asesinaron, es lo único que saben hacer, matar todo lo bello, pintarlo todo de gris.

Me voy contoneando a la casa, rozando las panderetas, a penas puedo subir al altillo, donde tengo mi pedacito de mundo para estar conmigo.

Ojalá me acordara como empezó la pelea al menos, estaba tan cura. Ahí echado en mi sofá-cama, hinchado de rabia y curao hasta el fúsil.

¡¿Por qué te quejas tanto mierda?!, ¿Has logrado algo colgándote del guanaco?, Tú y tus amigos raros picaos a hippies, ellos los del MIR, ellos a los que los investiga la CNI, ¡¡¡si ni habías nacido cuando fue la dictadura!!!. ¿Y tú, huevón y tu?, Te quejai pa callao, me gritai y me gritai, al final eri más resentido que yo y todos los comunistas juntos, por que nosotros nos expresamos, a ti te manda un asesino, eri más maricón que mis amigos homosexuales, te encanta comer criadilla de paco.

Todos me dijeron que algún día me iba a pegar, que iba a llegar con sus bototos a que le sirviera a criticar todo lo que soy, lo que siento y lo que pienso, a mirar con asco las paredes de mi pieza empapeladas con posters de tocatas, dibujos psicodélicos que han hecho todos los que han sido importantes en mi vida, todos menos él.

Ha sido un mes largo desde que desperté entre el caos, en todos los moretones que me dejo escribí un “te amo”, él ya no puede escribir, por eso no me dejo un mensaje dentro de una botella, se disparo en las manos, yo le beso las vendas, e intenta quitarlas, pero las tomo con más firmeza. Mira pelado, te están empezando a crecer los rizos.

lunes, 25 de julio de 2011

Estoy?

Desde aquí puedo ver los aviones despegar con su estruendo que estremece la calma del lugar, por las noches no hay nadie y a veces siento miedo, pero no estoy solo hay muchos a mi alrededor. En los días soleados el pasto se ve más verde y los que vienen a verme se quedan más tiempo, a veces lloran, a veces ríen, muchas otras me cuentan sus vidas, riegan mis plantas o me traen regalos que luego se los lleva el viento y la lluvia.

De entre todos hay una cara que se me hace muy familiar, sus cabellos rubios y sus ojos pardos, usa largas faldas y botas, trae palas, tiestos, una manta y agua. Le gusta cambiar la decoración, ponerse bajo la sombra de mi árbol oír a los pajaritos que en el reposan y llora, siempre llora, acaricia la parte donde sale un nombre, creo que el que yo tuve alguna vez, fechas que no recuerdo y una inscripción que no sé que significa. Pronuncia varias veces “te amo”, llora amargamente y yo la abrazo fuerte pero al parecer no me ve y no me siente. No sé quien es, no se que quiere, solo se que siento que la amo también y aunque no puedo llorar, cuando la veo venir sola siento algo en el pecho, algo que no entiendo.

La veo venir a paso lento, le pesa el corazón, le pesa el cuerpo, le pesan las culpas y le pesa el llanto. Beso sus cabellos, los huelo y por segundos logro ver a un niño moreno de pelo negro sonriendo junto a ella, me aferro a esos momentos pero son lánguidos y trémulos. A veces siento miedo, pero paseo por el lugar y veo a muchos otros observando a quienes van a verlos y hay algunos que estuvieron aquí hace mucho tiempo pero ya se fueron.

Nos apena cuando vienen multitudes vestidas de negro porque sabemos que tendremos que explicar a un desorientado como son las cosas de este lado.

A veces vienen en grupos, leen de un libro algunos párrafos y luego se reúnen en un circulo todos con los ojos cerrados, alguno de ellos a menudo sigue hablando y los demás asienten. Se abrazan, se aprietan, sus lagrimas forman un arcoíris al llegar al suelo todas juntas. Yo no entiendo pero me alegro al verlos, siempre son los mismos, noto algo en el más anciano, vendrá aquí pronto, está cansado.

La más joven a veces viene sola, está junto a mi por horas, me deja figuras hechas con goma Eva, pero cuando viene con ellos aprieta los dientes e intenta no mirar hacia donde esta el nombre, tiene rabia, no sé que le habré hecho pero creo que no fui bueno. Ella juega con los gatitos que tiene la señora que vende flores, muchas veces me comentó que a mi me gustaban y que esos eran muy lindos y pretendía robarlos.

A veces logro seguirla y ver donde vive, no reconozco nada allí, sólo el árbol que hay frente a su casa, pero supongo que todos los arboles deben ser parecidos. Me recuesto con ella en su cama y la abrazo cuando llora y tiene pesadillas. Se parece a una niña que recuerdo, pero es imposible porque es casi una mujer.

Un día la señora de cabellos rubios vino a despedirse, nunca me sentí más aliviado quizás si no viene mas a verme no llorará tanto.

Ese día me recosté en el pasto a mirar las nubes y nunca el cielo estuvo más cerca.

E.M.M.V. 11.06.90 – 17.12.07

viernes, 8 de julio de 2011

On The Dance Floor

Llegamos casi corriendo, media hora antes del cierre y había una fila infernal, desorientado y los tres con los ojos chatos, mire hacia todos lados buscando un indicio de que era la fila correcta, por un momento sólo logré ver caras para nada particulares, gente aparentemente normal, observe mientras avanzamos en la fila, Cristian se iba colando cada vez más cerca, nos saltamos unos buenos metros y quedamos junto a unos pendejos, no más de 17 años y ahí supe que estábamos en la fila correcta. Se saludaban de beso, tenían las cejas depiladas, parecían flaytes pero eran… otra especie.

Sin pensarlo le comente a Diego que cómo los dejaban entrar, eran muy chicos y estaban tomando en la fila, y me recordó que nosotros teníamos la misma edad cuando empezamos con este tipo de fiestecillas, incluso yo tenía menos, 15 años, pero claro como muchas otras cosas yo prefería olvidar esos detalles.

Entramos y fuimos atacados por un sinfín de luces destellantes en todas las direcciones. Cristian, fue a comprar copete y nosotros nos quedamos bailando, música pop que reza canciones de despecho, desamor, infidelidad, promiscuidad, y ese afán desesperado por intentar gritarle al mundo que “i don’t care” cuando en realidad a todos nos importa y por eso lo gritamos.

En el escenario se subía un grupo de “locas” para que todo el mundo supiera que podían bailar exageradamente y patéticamente imitando movimientos de mujer, y mujeres que no pueden bailar como mujeres. Ubicaban a alguien dentro de la masa y lo apuntaban y miraban fijamente, le dedicaban cada uno de sus movimientos y después si tenían suerte podrían tener una noche algo más interesante, ser el triunfador que no se va solo, ser el que tiene una mano aferrada a la suya, aun que quizás nunca más se vuelvan a entrelazar.

Una semana intensa era reducida a unos malos ratos cuando estaban ahí, con amigos, alcohol y pedazos de cielo que hicieran olvidar que la noche termina en algún momento, que mañana es otro día y que probablemente duela la cabeza pero despertarás con una sonrisa intentando recordar cada detalle, que no se pierda nada que pueda salvarlos de la semana que viene, aparentando ser lo que no son, y los más audaces sobre informando lo que son, orgullosos y con rabia por un mundo que no los entiende, pateando las calles que son grises cuando deberían ser like a rainbow.

Un verdadero espectáculo, el mejor intento de inglés que se pueda escuchar en algún lugar de Chile, algunas dobles de actuales exponentes del pop que enloquecen al público hacen su perfomance y de pronto la pista se vuelve una especie de video de Lady Gaga en que todos bailan la misma coreografía o lo intentan, gritos, dedos acusadores apuntando hacia el cielo, por que ahí no está quien les dijo “i look in the mirror and i saw your face!”, y se vuelve una realidad que todos estamos como la canción de Kesha, “dacing with tears in my eyes”.

Cada uno tiene su método para descargarse, para darse un motivo ya que cuando los buscamos pocas veces encontramos. Había olvidado lo bueno que era dejar las lagrimas a modo de pasos on the dance floor.

jueves, 6 de enero de 2011

Tras su ventana

Esperaba por él todas las tardes, se asomaba en la ventana, escondida detrás de la cortina escudriñaba cuidadosamente hasta poder colar un ojo, para ver si él llegaba, y cuando aparecía con su altura imponente, botando su pelota y su sonrisa de niño, esa sonrisa que ella amaba, que marcaba dos margaritas en sus mejillas, todo el día se reducía a los segundos en los que él dejaba su mochila y corría a buscarla.

Jugaban, se escondían, reían, corrían y caían... Fueron su primer sonrojo, su primer rose, su primer latido, su primer grito ahogado, su primer palabra de hombre, su primer mirada de mujer, fueron juntos, su primera vez.

Las manos, el contraluz, la noche, las miradas, los destellos, las caricias, los brazos, el cariño, el consuelo, la brisa, las piernas, los miedos, los besos, los nervios, las caderas, el miedo.

La vida era una eterna canción con compases para niños cuando estaban juntos...

En la playa, ella lo miraba recostada sobre la arena, la brisa acariciaba su pelo castaño claro, entrecerraba sus ojos avellana para mirarlo mejor, siempre se iba tan lejos, siempre tan grande, aparentemente indestructible, pero frágil, tremendamente frágil.

De pronto, los gritos, el estruendo, se le encogió el corazón, alguien la tomaba fuertemente por la espalda, y por alguna razón inentendible ella sintió que era él quien la sostenía. El mundo entero se venía abajo, su mundo entero se reducía a una gran ola que paso y se llevo lo que ella más amaba, esa ola que borro por completo las huellas que él dejo sobre la arena.

Los gritos, los abrazos, el miedo, la rabia, el frío, la oscuridad, el silencio, la brisa, la locura, el cansancio, el llanto, el llanto, el llanto…

Lo vio a lo lejos, sonriendo como siempre, corrió hacia él, tomo su cara entre sus manos –Llévame muy lejos le dijo – y sin notarlo tenía sus ojos cerrados, todo su cuerpo sonreía en ese momento, sintió brotar alas de su espalda y simplemente se dejo caer.

No le importo el ayer, no le importo el hoy y mucho menos el mañana. Grito, grito con fuerza para que pudiesen oírla en el ensordecedor silencio a mil millones de kilómetros, aunque nadie supiese nunca quien gritaba, aunque nadie supiese nunca que gritaba de alegría, aunque nadie supiese nunca, nada.

Lleno sus ojos de paisajes y encontró la luz de un faro a lo lejos, pero ya no necesitaba tierra bajo sus pies, ya no necesitaba esa luz que le indicara el camino de vuelta a casa, después de todo, ya no tenía a quien esperar escondida tras su ventana.


miércoles, 24 de noviembre de 2010

El Fauno de la puerta

Los ojos le pesaban enormemente, sentada en la cuneta después de horas de risas se despidió y caminó a paso firme hacia su casa, sin mirar nada a su alredor, ignorando los gritos que al alejarse se hacían tenues en la soledad de la noche, abrazada a sí misma para protegerse del frío, doblo en la esquina de una calle que parece sin salida, y lo vio, en su puerta la silueta de algo que sabía no existía, se acerco de todas formas no dando crédito a sus ojos, un Fauno de apariencia imponente, pero apacible poso sus ojos sobre los de ella, la miro fijo, y como por telepatía le hablo

- He estado frente a ti cada noche, cuido tu morada incansablemente hasta que me baña el Sol cada mañana y jamás te habías detenido un momento para mirarme.

Atónita, no supo que decir, no sabia si pensar para que él leyera sus pensamientos o hablarle, aunque él le había hablado sin mover siquiera sus labios.

El Fauno la miro fijamente, una mirada que aterrorizaba, pero por algún motivo ella no tubo miedo, quería hacerle miles de preguntas, pero callo.

- Ven conmigo y verás – Le dijo el Fauno leyendo sus pensamientos.

Ella lo siguió hacia un árbol en donde recordó hace años en su niñez había enterrado a su canario y recordó como había llorado por él.

El Fauno raspo con su pesuña la tierra sobre aquel lugar, y ella reaccionó impulsivamente, se arrodillo en la tierra y comenzó a cavar con sus manos, sabía que era imposible que hubiera siquiera un indicio de aquel cuerpecillo, pero siguió, y de pronto con un estruendo del agujero salió agitando sus alas desesperado su amado canario, sus pequeños ojos negros intentaban percibir todo a la vez y revoloteaba dando vueltas sobre ella, ella cayo hacia atrás de la impresión y el Fauno soplo en dirección al canario envolviéndolo en una ráfaga que lo hizo volar muy lejos. Era imposible, pero ella lo había visto con sus propios ojos.

El Fauno la miro un tanto distraído y saco de su morral café gastado una bolsita de piel de cabra y se la ofreció, en su interior habían una especie de hiervas secas, él le dijo que las comiera y ella obedeció, no sabía como el había adivinado el vació en su estómago, pero creyó que el factor sorpresa ya no existiría más para ella.

Se sintió distraída pero perceptiva a la vez, subió hasta la sima del árbol y observo hacia los cerros las miles de casas y se pregunto cuantas miles de familias estaban durmiendo placenteramente en aquel momento, pensó en toda la gente que conocía y en la que a pesar de vivir a metros, nunca iba a conocer, se lamento al pensar en todos los que sufrían, en todos los que hacían sufrir, en los que estaban solos aquella noche y en todos en los que a pesar de estar rodeados de gente se sentían solos, de pronto perdió el equilibrio y cayó, sintió una ola de calor ardiendo en su mano, sangraba.

El Fauno que había estado observándola todo ese tiempo, se acerco a paso lento, se recostó a su lado y lamió su mano hasta que de la herida quedaba apenas rastro.

- ¿Cuántas caídas habrías evitado si decidieras dejar de preocuparte en lo que te rodea y no tiene importancia?, ¿Cuántas heridas menos tendrías si te preocuparas por lo que tienes frente a tus ojos y no ves?

El Fauno de pronto se incorporó mirando al cielo y galopo hacia la puerta, donde ella lo había encontrado, la miro fijo, esta vez con ojos de pena, ella pestaño varias veces y se seco la nariz que tenía húmeda pero sentía seca, estaba parada a 10 metros de la puerta de su casa, miro fijamente la sombra que reposaba sobre la puerta, se fue acercando más y más, los primeros rayos de Sol hacían desvanecer su silueta, sintió pena al comprobar lo que le gritaban sus ojos, el Fauno no era más que una silueta sobre su puerta que se desvanecía cada amanecer.


martes, 31 de agosto de 2010

Desapercibida

Un gato sobre el tejado, un ciego guiado por su perro, una pareja llegando al punto de lo empalagoso en un café, el organillero con sus colores que lo envolvían, los niños jugando y revoloteando alrededor, un viejito rodeado por palomas intentando posarse en su mano desesperadas por un poco de miga en medio de la plaza de armas, aquella escena desapercibida para el resto, era un paisaje fascinante para ella, mira el reloj mientras bota la ceniza de su cigarro al suelo, mira alrededor como buscando a alguien, pero lo cierto es que no espera a nadie, aun que quisiera tener a alguien a quien esperar.

Se para, le sube a sus audifonos, y se dispone a caminar, compra palomitas en la esquina donde siempre ha estado el mismo señor, se pregunto que iba a hacer cuando aquel viejito muriera y no hubiese nadie en esa esquina, pensó que la gente tan acostumbrada al alrededor cotidiano demoraría en notarlo pero lo notaría, se pregunto si alguna vez alguien se daría cuenta de su ausencia, si alguien iba a extrañarla…

Siguió su camino mirando detalles a su alrededor, le gustaba ver cosas que la gente pasa por alto a pesar de verlas mil veces, le encantaba su ciudad, ni chica ni grande, el tamaño perfecto, ni molesto ni insignificante, le encantaba ver todas sus múltiples iglesias por todo el centro, la tienda de antigüedades de la que le gustaría comprar todo, e iba siempre a mirar, pero nunca se decidía a comprar nada.

Un día decidió que aquella ciudad ya no era para ella, que ahora la sentía vacía, tomo un bus y jamás regreso.

Como siempre se pregunto nadie extraño su presencia, nada cambio el paisaje, la rutina ni la vida de las personas que solía ver y sonreír sin conocer todos los días… Pero ya no le importaba, ahora era ella quien no notaba el mundo a su alrededor, dejo su burbuja de objetos conocidos, por un mundo de cosas por conocer. Nadie noto su ausencia, nadie vio la banca vacía, nadie supo que eran parte importante de un cuadro en la blanca pared de su vida.