lunes, 25 de marzo de 2013

Las bailarinas de la selva boliviana


El cielo estallaba en un gran fulgor blanco que en segundos nos dejaba el delicioso resplandor de la desolación, de estar indefensos. La tormenta quería dejarnos sordos, quería que a lo lejos no se escuchara nuestro grito de ayuda.  Estábamos aislados y el agua amenazaba con ahogar mis pulmones, la selva boliviana abrió sus fauces, nos tragó.
El verde se volvió ruidoso y caí rendida ante una bailarina que graciosa me mostraba el musgo por entremedio de sus piernas, la seguí entre la selva que intentaba ocultarlas recelosa, corrían veloces y sus risas nerviosas rebotaban en un tétrico eco, corrí desesperada y de pronto todas se habían detenido, el viento rugía enfurecido y chocaba frío y caliente sobre mi, en unos segundos sus entrañas se iluminaban y podía verlas de nuevo quietas, enraizadas al húmedo suelo.
Una mariposa carnívora camino lentamente sobre mi hombro, las bailarinas intentaban zafarse, yo tampoco podía moverme, los grandes ojos negros de la mariposa se derretían, de a poco su tinta resbalaba por mi brazo, el rojo y el azul se volvían morado, el verde y el amarillo me dejaron con la piel café, las bailarinas chillaban, la tierra no las dejaba correr, su carne se abrió en un orificio vertical por el cual la sangre y la sabía se mezclaban, los bichitos llegaron a refugiarse de la tormenta, en ellas construían su casa.
El miedo ahogaba mis oídos y me abrace a una de sus patas, la lluvia cesó y el musgo había cubierto mi piel, en mi interior rebosaba la sabía, una libélula se batió en mis pestañas y entró por la cuenca vacía de mis ojos, quedó de cabeza colgando del revoltijo rosa mirando hacia fuera, en mi boca dos mosquitos envueltos descansaban sobre una telaraña.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Ivonne Garay Goyarrola de Villalba


Me senté a su lado y la nieve sobre sus ojos le impidió verme, sus empolvados oídos tampoco advirtieron mi presencia y creí que el fantasma era yo.
Ivonne me miró con evaporados ojos azules, vio más allá de mi. Vio una española manejando el único auto que había en la Isla Margarita, vio el atardecer en la playa Juan Griego o "los griegos" como la llamaba ella donde conoció al gobernador y vio a su gran amor tan cerca que pestañeo y su universo volvió junto al mío. Yo sudaba, pero en su cuerpo no había humedad. Abrí las ventanas para saborear el intenso verde de el Ávila que se abalanzaba sobre nosotras y el ajetreo de Caracas inundó la habitación. Ivonne ahogada de luz esta vez parecía un ángel, dirigió su mirada a una escultura y a otra, eran todas la misma en distintos materiales, a mi mamá le dijo que eran Don Quijote y Dulcinea dándose un baño, a mi me dijo que estaban haciendo el amor. Puse un disco viejo para callar mis pensamientos y observé bailar los cuadros que adornaban su pared, apenas había espacio entre ellos, todos fueron pintados por su hermano menor, excepto mi favorito, un dibujo de Ivonne sentada en un café de Roma en los años ’40, era hermosa con las perlas que colgaban de su cuello y lucía ojos de femme fatale.
En sus muchos baúles reposaban postales de todo el mundo, cartas de amor y fotografías de jóvenes adinerados sobre un yate, con hombres sonrientes, mostrando orgullosos músculos a las recatadas damiselas que con una mano cubrían una coqueta carcajada.
En la decoración de la casa se notaba la ausencia de hijos y el anhelo de un marido que partió demasiado joven. Cuando no pudo más con sus recuerdos enloqueció para olvidar, en ataques de furia rompía sus esculturas e insultaba a las enfermeras.
La segunda vez que la visite le conté que viajaría a su amada Isla margarita, me pidió que fuera  a la Iglesia y le rezara tres aves maría.
Cada día que me veía debía presentarme de nuevo, tomaba fuerte mis manos y yo sentía como si quisiera robar un poco  de mi vida. Intentaba calentar sus huesudas manos entre las mías, en las tardes me sentaba en uno de sus sitiales Luis XIV frente a ella. Yo la admiraba, sus viajes, su arte, sus amores y los muchos idiomas en los que sabía brindar. Ella olvidaba mi rostro al caer el Sol hasta que ya no notó mi presencia y me acostumbre a observarla por el espejo de su puerta, desde su cama no me podía ver. Sus alaridos atormentaban mis noches cada vez con más frecuencia, el sudor se volvía frío en mi espalda cuando decía que no quería morir por que había sido mala, debí haberle dicho que el infierno somos nosotros.
El último día quedo en el mutismo perplejo de quien espera.
Los espectros que nos rodeaban no emitían sonido alguno, esperaban pacientes el último bufido, esa nube de polvo que saldría de su pecho.
Ella nos ignoraba, sumida en un limbo inconsciente, un tormento horrible, huracán de imágenes suspendidas en el ovalo inerte que ya no recibía suficiente luz para sacarla de su oscuridad.
La antimateria recorría de a poco su cuerpo, depuradamente iluminaba el contorno y alisaba los pliegues de su piel a cambio de una ficticia juventud que adoptaba el color de sus venas.
El frío se apoderó de la habitación, me percaté, no sé después de cuanto tiempo del ronroneo en el tocadiscos que no bailaba canción.
Me pareció imposible moverme, estaba conmovida por el instante, no pude emitir sonido, estaba atada a ese silencio, a la mirada de los espectros  que observaban con curiosidad el sudor crispado sobre mis brazos.
Hubo una desesperación infinita, la angustia bloqueo mi garganta, corrí hacia el tocadiscos y lo voltee rápidamente mientras se erizaban los huesos de mi espalda. Sentí como la ráfaga arrancaba por la ventana , corrí a cerrarla pero ya estaba todo en calma, la observé por última vez, su mano colgando a un costado, su piel transparente y ese atardecer en Juan Griego bajo sus pestañas.



Dedicado a Ivonne y a su enfermera Lina a quien ella tanto amo.

jueves, 18 de octubre de 2012

Agua

El interior viscoso y abultado era un lugar perfecto, hasta que los canticos acuáticos cesaron. En la penumbra temí por mi calma, por la seguridad de mi universo blanquecino, rojo, púrpura y lila, la aurora boreal que danza acompasada en un eje de ciega melancolía, se acerca temerosa queriendo acariciarme, dejando por unos segundos con una extraña sensación a contraluz.
Todo va cambiando aquí dentro, todo se agranda y empequeñece, comencé a ver todos los contornos bien formados y fue hermosa su simetría.
Cuando la música llena todo, me dejo flotar alrededor, nado, sueño, siento y percibo desde mi acuario el jubiloso pasar del tiempo que siempre espera.
Cerré mis ojos por lo que parecieron minutos, el némesis decidió expulsarme de mi encierro y todo da vueltas, asfixia, miedo, angustia, no entiendo que pasa, no quiero saberlo, hay monstruos afuera que tocan mis paredes, auroras verdes, azules, grises, un vaho congelador me paraliza. Negro.
Unos momentos de luz, superficie, el viento helado me estremece, gritos, frío, miedo, negro, la ausencia de color enloquece.
Es extraño no estar en ninguna parte, vivir bajo el eclipse de haber confundido el alba con el crepúsculo. Yo sólo no estaba listo para nadar sin agua.

martes, 16 de octubre de 2012

Pesadilla

Una noche soñé que dormía y el despertar eterno de mis pestañas no pudieron ser la miel de mis ojos.

Su figura contrastaba con el vacío, mi iris intentaba abrirse entre las tinieblas. El no se volteó a verme, me ordenó que lo siguiera, me enfrente al vértigo ante las muchas luces de la ciudad, me resistí entre lagrimas a obedecerle. Al abrir mis ojos estaba en un funeral en el que no pude llorar. Me encerró y la claustrofobia me ahorcaba. El desierto enardecía de odio bajo mis pies de tierra erosionada, todo era inerte, el cielo rojo en llamas me quemaba a los ojos de un cabrito en dos patas.
Sobre un lavamanos una mujer sangraba, yo camine sobre su sangre y calle al ver como su vientre se vaciaba. Me mire al espejo y no encontré mi cara, vi su reflejo y era el mío, vi el mío y no era nada.
Vi la soledad que me abrazaba, lo vi a él, tampoco tenía cara.

Corrí sin moverme y caí de pronto en un salto que debió llevarme de vuelta a mi cama y ahí me vi, soñando que dormía.

miércoles, 8 de agosto de 2012

El sueño de Kafka

Me ahogo en un caleidoscopio, consiente, se que estás a mi lado, pero me resbalo y me pierdo en el mejor de los delirios.

Emerge como un huracán de aleteos desesperados en el vientre asustado, contraído por el miedo que provoca la sensación de no controlar al furioso enjambre que se agita en el interior, que se niega a salir, que sube cuando me besas y baja cuando me tocas, se vuelve omnisciente cuando me miras y el enjambre se convierte en colonia, una gran colonia de seres coloridos, alguna ves capullos, alguna ves dormidos, ahora híper kinésicos, una tribu danzante y alegre que enciente fogatas en las noches y se arrastran cuando amanece.

Sobrepoblados, deciden crear otra colonia, huyen por mis labios hasta tu boca, posan sus alas en tu lengua y marchan hasta tu estomago, ordenadas como hormigas, aceleradas, felices, embriagadas de endorfina. Nos vemos infestados de bichitos de colores, la luz de sus fogatas sale por nuestros ojos que iluminan distinto, se miran, temen pestañar por si la luz se acabara y no pudieran verse más.

jueves, 2 de agosto de 2012

Goteras

Corrían trazando profundas grietas que no se borrarían jamás con nada, atiborradas como en una maratón, se odiaban unas a otras, pero también se compadecían, acumuladas de tristeza, algunas corrían tan rápido que chocaban y se convertían en una sola gran grieta de punta gruesa, justo ahí, se decidía su destino, a punto de caer, de ser aplastadas por un manotazo, o ser sepultadas en una pulcra tela blanca en la cual estarían condenadas a secarse las desgraciadas.
Bajo ese mar salino que era ahora mi cara mi boca adolecía una batalla interna, en el fondo del cuadrilátero de cuerdas sonoras, las cuales se culpaban las unas a otras, entre todas al empujarse causaron alboroto y se formo un gran nudo imposibilitándolas de cumplir su misión. Las palabras callaron entonces.
Cayendo aún más en el interior, se respiraba un aire abatido, un lamento se escucho a lo lejos, una luz se apagó y bajo una manta de desconsuelo se encontraba un bulto rojo, carente de gracia en su forma y encadenado a válvulas azules y rojas, por las cuales ahora era incapaz de bombear. Los pulmones hacían bufar el cuerpo que se desvanecía en un suspiro al ver al pobre tan abatido y acongojado.
Las manos, nerviosas, solo se preocupaban de limpiar el temporal que atormentaba el techo y trataban de poner un balde bajo cada gotera.
Las muy torpes acabado el aguacero subían los baldes a la azotea, donde de vez en cuando un leve movimiento los daba vuelta y cuando no tenemos reparadas las goteras escurren de nuevo su lagrimeada carrera.

sábado, 28 de julio de 2012

La hoja del Tiempo


El padre Tiempo ignoraba en cual de sus segundos se había resquebrajado la quejumbrosa hoja, que del castaño amenazaba con lanzarse, dejando desnuda la vista de su ventana. Oscilaba desazonado entre las aristas del clima y de la hora, paseándose por su imperio desierto en el que todo se derretía, inquiría misterioso en su cabeza sin pronunciar palabra.

-       ¿Cómo es posible que no tenga la respuesta?, Yo, Yo que soy amo y señor, amado y temido como gran soberano de la ansiedad y el momento. Que me quedo, que me voy, que corro y gateo, a veces me paro, a veces me siento, lo cierto es que nuca tropiezo. – Cacareaba atropelladamente.


Pero esta vez tropezó el Tiempo, de nada le sirvió su tan amado circulo con manijas a quien observaba sin pestañear, porque adolece quien es repetitivo. Un manchón rojo perturbo su vista, era un pajarillo rezagado que se detuvo sobre una rama a descansar.

-       -¿ A dónde vas pajarillo? – Pregunto el Tiempo petulante.
-       - Vuelo al norte, pues atrás sólo hay hielo en nuestros nidos. – Contesto agitado.
-       - ¿Hielo? ¡Oh!, ¡Maravillosa temporada del agua! – Dijo jubiloso, acostumbrado a vanagloriarse de todo.
-       - ¡Agua!, eso es lo que necesito, sigo mi camino señor, antes de que me atrape en vuelo el Solsticio. – Batió fuerte sus alas y se lanzó.
-       - ¡Vete ya colorinche, seguro que vas retrasado! – Lo miro partir y se detuvo en seco frente a un espejo que no reflejo nada.

Ahí estaba la respuesta, había llegado revoloteando, como suelen llegar. No regalo ni uno de sus minutos a la atención que merecía la Estación, que se aburre de si misma y es de todas la más puntual. Por estar siempre pendiente del tic tac, no escucho el murmullo del Solsticio de invierno que se enarbolaba con los cálidos días.
El Solsticio que estornudaba cuando era sorprendido, resoplo fastuoso una gran ráfaga que bamboleó todo cuanto había, cuando el Tiempo lo pasmó exigiendo explicaciones. En medio del alboroto, a sus espaldas la pequeña hoja era mecida dulcemente como una canoa calcada en el aire, una última vez, por el Viento que sollozaba abrumado y cantaba solemne una triste canción que cantaron todos los árboles del bosque por entremedio de sus ramas. El Tiempo que tanto adoraba su pequeña hoja intento despavorido una sístere, que era propia del Solsticio y de la que poco sabía él, odió amargamente lo rápido que había sucedido todo y por primera vez lloro demasiado tarde.



Dedicado a 
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