martes, 16 de octubre de 2012

Pesadilla

Una noche soñé que dormía y el despertar eterno de mis pestañas no pudieron ser la miel de mis ojos.

Su figura contrastaba con el vacío, mi iris intentaba abrirse entre las tinieblas. El no se volteó a verme, me ordenó que lo siguiera, me enfrente al vértigo ante las muchas luces de la ciudad, me resistí entre lagrimas a obedecerle. Al abrir mis ojos estaba en un funeral en el que no pude llorar. Me encerró y la claustrofobia me ahorcaba. El desierto enardecía de odio bajo mis pies de tierra erosionada, todo era inerte, el cielo rojo en llamas me quemaba a los ojos de un cabrito en dos patas.
Sobre un lavamanos una mujer sangraba, yo camine sobre su sangre y calle al ver como su vientre se vaciaba. Me mire al espejo y no encontré mi cara, vi su reflejo y era el mío, vi el mío y no era nada.
Vi la soledad que me abrazaba, lo vi a él, tampoco tenía cara.

Corrí sin moverme y caí de pronto en un salto que debió llevarme de vuelta a mi cama y ahí me vi, soñando que dormía.

miércoles, 8 de agosto de 2012

El sueño de Kafka

Me ahogo en un caleidoscopio, consiente, se que estás a mi lado, pero me resbalo y me pierdo en el mejor de los delirios.

Emerge como un huracán de aleteos desesperados en el vientre asustado, contraído por el miedo que provoca la sensación de no controlar al furioso enjambre que se agita en el interior, que se niega a salir, que sube cuando me besas y baja cuando me tocas, se vuelve omnisciente cuando me miras y el enjambre se convierte en colonia, una gran colonia de seres coloridos, alguna ves capullos, alguna ves dormidos, ahora híper kinésicos, una tribu danzante y alegre que enciente fogatas en las noches y se arrastran cuando amanece.

Sobrepoblados, deciden crear otra colonia, huyen por mis labios hasta tu boca, posan sus alas en tu lengua y marchan hasta tu estomago, ordenadas como hormigas, aceleradas, felices, embriagadas de endorfina. Nos vemos infestados de bichitos de colores, la luz de sus fogatas sale por nuestros ojos que iluminan distinto, se miran, temen pestañar por si la luz se acabara y no pudieran verse más.

jueves, 2 de agosto de 2012

Goteras

Corrían trazando profundas grietas que no se borrarían jamás con nada, atiborradas como en una maratón, se odiaban unas a otras, pero también se compadecían, acumuladas de tristeza, algunas corrían tan rápido que chocaban y se convertían en una sola gran grieta de punta gruesa, justo ahí, se decidía su destino, a punto de caer, de ser aplastadas por un manotazo, o ser sepultadas en una pulcra tela blanca en la cual estarían condenadas a secarse las desgraciadas.
Bajo ese mar salino que era ahora mi cara mi boca adolecía una batalla interna, en el fondo del cuadrilátero de cuerdas sonoras, las cuales se culpaban las unas a otras, entre todas al empujarse causaron alboroto y se formo un gran nudo imposibilitándolas de cumplir su misión. Las palabras callaron entonces.
Cayendo aún más en el interior, se respiraba un aire abatido, un lamento se escucho a lo lejos, una luz se apagó y bajo una manta de desconsuelo se encontraba un bulto rojo, carente de gracia en su forma y encadenado a válvulas azules y rojas, por las cuales ahora era incapaz de bombear. Los pulmones hacían bufar el cuerpo que se desvanecía en un suspiro al ver al pobre tan abatido y acongojado.
Las manos, nerviosas, solo se preocupaban de limpiar el temporal que atormentaba el techo y trataban de poner un balde bajo cada gotera.
Las muy torpes acabado el aguacero subían los baldes a la azotea, donde de vez en cuando un leve movimiento los daba vuelta y cuando no tenemos reparadas las goteras escurren de nuevo su lagrimeada carrera.

sábado, 28 de julio de 2012

La hoja del Tiempo


El padre Tiempo ignoraba en cual de sus segundos se había resquebrajado la quejumbrosa hoja, que del castaño amenazaba con lanzarse, dejando desnuda la vista de su ventana. Oscilaba desazonado entre las aristas del clima y de la hora, paseándose por su imperio desierto en el que todo se derretía, inquiría misterioso en su cabeza sin pronunciar palabra.

-       ¿Cómo es posible que no tenga la respuesta?, Yo, Yo que soy amo y señor, amado y temido como gran soberano de la ansiedad y el momento. Que me quedo, que me voy, que corro y gateo, a veces me paro, a veces me siento, lo cierto es que nuca tropiezo. – Cacareaba atropelladamente.


Pero esta vez tropezó el Tiempo, de nada le sirvió su tan amado circulo con manijas a quien observaba sin pestañear, porque adolece quien es repetitivo. Un manchón rojo perturbo su vista, era un pajarillo rezagado que se detuvo sobre una rama a descansar.

-       -¿ A dónde vas pajarillo? – Pregunto el Tiempo petulante.
-       - Vuelo al norte, pues atrás sólo hay hielo en nuestros nidos. – Contesto agitado.
-       - ¿Hielo? ¡Oh!, ¡Maravillosa temporada del agua! – Dijo jubiloso, acostumbrado a vanagloriarse de todo.
-       - ¡Agua!, eso es lo que necesito, sigo mi camino señor, antes de que me atrape en vuelo el Solsticio. – Batió fuerte sus alas y se lanzó.
-       - ¡Vete ya colorinche, seguro que vas retrasado! – Lo miro partir y se detuvo en seco frente a un espejo que no reflejo nada.

Ahí estaba la respuesta, había llegado revoloteando, como suelen llegar. No regalo ni uno de sus minutos a la atención que merecía la Estación, que se aburre de si misma y es de todas la más puntual. Por estar siempre pendiente del tic tac, no escucho el murmullo del Solsticio de invierno que se enarbolaba con los cálidos días.
El Solsticio que estornudaba cuando era sorprendido, resoplo fastuoso una gran ráfaga que bamboleó todo cuanto había, cuando el Tiempo lo pasmó exigiendo explicaciones. En medio del alboroto, a sus espaldas la pequeña hoja era mecida dulcemente como una canoa calcada en el aire, una última vez, por el Viento que sollozaba abrumado y cantaba solemne una triste canción que cantaron todos los árboles del bosque por entremedio de sus ramas. El Tiempo que tanto adoraba su pequeña hoja intento despavorido una sístere, que era propia del Solsticio y de la que poco sabía él, odió amargamente lo rápido que había sucedido todo y por primera vez lloro demasiado tarde.



Dedicado a 
8, mi favorito.-

domingo, 8 de julio de 2012

Subsuelo

Sumida en los súbitos resplandores intermitentes del subsuelo, aturdida por el hedor de seres agitados y afligidos que reptaban a mi alrededor, todo se detuvo, justo bajo la luz.
Vi su rostro lánguido, sus ojos blanquecinos, el entrecejo unido con molestia. Detrás un enorme agujero negro amenazaba con succionarnos, pero nadie se movió, ni yo, ni él. Los seres reptaron a nuestras espaldas, apretujados corrieron hacia la superficie vertical.
Por medio de un espejo sucio con el que él se aseguraba desde su cabina cromada del futuro que el resto de su nave espacial estaba en perfecto estado, inmutable, como le gustaba. Él y yo, impertérritos, nos observamos un eterno segundo, el eterno segundo en el que pude pensar todo esto. Frío y calculador deja caer sus gordos y velludos dedos sobre monedas de colores brillantes todo el día, viaja a velocidades infinitas, ve millones de caras, nadie ve la suya. Excepto yo, que me detuve entre el borde vertiginoso del precipicio cableado y el profundo agujero que conecta el submundo proletariado, para hacerle una seña que lo dirigiese a mi rostro, fruncí mi entrecejo y lo toque varias veces con un dedo, mientras reía.
No pude negar mi naturaleza, tuve que robar una ves más. Las canicas se asomaron tras la comisura de sus labios y las tomé en un pestañeo. Una voz femenina perturbo nuestros oídos, una luz roja se encendió sobre mi, un hombrecito azul me empujo detrás de una línea amarilla dibujada en el piso y cuando busque de nuevo su mirada me dejo cegada bajo el haz de luz que dejo su partida.

miércoles, 18 de abril de 2012

La noche

Cuando llega la noche, dicen, aparecen todos nuestros demonios. Tenía miedo que anocheciera, pero por suerte, no estuve sola.

Así la vi, parada en la escalera, me quede quieta en el marco de mi puerta, una hora, dos, tres, el tiempo hacia lo que quería en mi esos días. La observe largo rato, me sonrío, no mencionó siquiera el tema “te vine a acompañar” me dijo, yo la abrace, pero siempre nos abrazábamos largo rato, parecía todo normal, un día normal.

Hablamos poco, puso una película, quizás comimos algo, quizás nos miramos un rato, nos acostamos en mi cama con los pies en la almohada mirando la tele, riéndonos a ratos. Me quede dormida.

En medio de la noche, cuando la película había empezado de nuevo por tercera ves, sentí una mano cálida sobre la mía, él cantaba una canción de cuna, una canción de juegos, de niños, de papá. Él lloraba despacio, yo también.

Se quedo unos minutos, me hizo cariño en el pelo, intente no tragarme las lagrimas, intente no lanzarme en sus brazos a bramar la angustia enorme que sentía dentro, el vacío enorme, el hoyo negro que pensé algún día se cerraría, se llenaría, no sé, algo, pero no, sigue ahí, pero ya no grita, gime tenuemente, como un perro bajo la lluvia, con miedo, con frío, solo, tremendamente solo.

Caí en ese enorme abismo, di saltos, la pesadilla me consumió de nuevo.

Con la vista borrosa, cegada por el sol, la vi sentada en el borde de mi cama “me tengo que ir”, la abrace fuerte y sonreí.

Años después, casi cuatro, en su cumpleaños me dijo que tenía miedo de que esa noche me suicidara, por eso fue, aunque tenía que viajar al día siguiente, yo ni siquiera lo había pensado, no pensé en nada, no supe de mi por mucho tiempo.

Fue la primera ves que la dejaron quedarse en mi casa, nunca la habían dejado, porque yo tenía un hermano mayor.

La vida pasa así, tan de lejos, en el reflejo de los ojos de otra persona.

domingo, 29 de enero de 2012

L'amore di un gatto

La Luna brillaba sobre el lomo de un gato acurrucado junto a una de las miles de delgadas chimeneas que coronan los tejados de Italia. Negro de vientre albo y ojos perezosos color miel, acudía a ella todas las noches desde que aprendió a escalar y la Luna dichosa lo acariciaba con su luz hasta que él se dormía en sus brazos, pero esa noche el gatito suspiraba por otro amor, con los ojos perdidos y batiendo sólo la punta de su cola, pensaba en la pajarita que venía todos los días a visitar el árbol junto a la ventana de su amo, ella de pequeños ojos café oscuro y suaves alas, llenaba de música el lugar con sus cantos e interrumpía las largas siestas del gato, quien sin que ella se diera cuenta la observaba por el rabillo del ojo todas las tardes, ella parecía muy atareada acomodando pequeñas ramitas en una de las esquinas entre los brazos del árbol, y el gato decidió llevarle tímidamente hojas secas y ramas todos los días hasta que gano su confianza, ella le sonreía con sus ojitos y se dejaba acompañar en las tardes mientras él se agazapaba bajo el árbol juguetón, se ponía de espaldas en el pasto y con una pata hacía como que la acariciaba de lejos.

Él despertaba tarde y ella madrugaba , él esperaba con ansias la Luna y ella se bañaba con los rayos del Sol cada mañana, ella tenía plumas y él un despeinado pelaje, a ella le gustaba la forma de su hocico y sus orejas puntiagudas, a él le gustaba su graciosa forma de andar en la tierra y su forma de volar tan lejos de todo y te todos. Él quería cuidar todas las noches su sueño y ella quería acurrucarlo con su canto cada mañana.

La Luna furiosamente celosa hipnotizo con su inmensidad, que no deja claro cuando está lejos y cuando cerca, al despistado gato que embobado siguió caminando por los tejados hasta llegar a Roma, se acabo la dulce hipnosis y el caluroso Sol apareció entre los monumentos, el gato desorientado se vio completamente perdido en medio de la Via Giovanni Giolitti, caminó por el empedrado a penas dos cuadras cuando un enjambre de motos pasaron repentinamente como un huracán, dejándolo asustado bajo un puesto de frutas donde un viejecito de sombrero y abrigo negro elegía unas naranjas y se agacho para mirarlo, el gato entendió que si hubiese portado el collar que muchas veces intentaron ponerle y del que se zafó hábilmente con sus patas, ahora tendría una posibilidad de volver a casa. El viejecito le extendió una mano y el gato temeroso se acerco cojeando, él lo tomo con cuidado y caminó con él hasta el hotel Augustea en la Via Nazionale, donde se hospedaba. El viejecito curo su pata con cuidado y se despertó en la noche cuando el gato trepo a su espalda, se hizo un ovillo y ronroneo hasta dormirse, pero no lo quito ni se movió, sonrío suavemente y se durmió. Débil, paso unos días con el viejecito a quien le gustaba acariciarlo con cuidado de la cabeza hasta su cola. Un día despertó en el caos de una mucama espantándolo con una escoba, engrifado por el miedo salió hecho un rayo por la ventana y a los varios metros se dio cuenta que se encontraba nuevamente solo y perdido.

Caminó por los tejados mirando con curiosidad la locura que era el mundo bajo sus patas, no entendía a los humanos siempre apurados, en una ciudad tan hermosa que finalmente era para turistas bella y para los citadinos un trámite. Pensando que él también vivía bajo las alas de su pajarita y debía ser un ser extraño, pero aún así disfrutaba de su compañía y aun que fueran muy distintos no quería perderla, pero en este caso, era él el perdido. ¿Estará pensando en mi?, ¿Me esperará o buscará otro árbol?. El gato triste y distraído no dio cuenta del caminar y ya atardecía. ¡La Luna!, ¡Si me encuentro de nuevo con ella, me perderé aún más y nunca me dejará regresar!, corriendo ágil por las calles busco un lugar donde esconderse y de pronto se hallo en un callejón lleno de cabezones gatos romanos, retrocedió con las orejas hacia atrás atento a los movimientos de ellos, que se le acercaban engrifados, medio de lado para parecer mas grandes, el mas corpulento se le lanzó encima, el gatito cerró fuerte sus ojos puesto que era un gato de casa y no sabía defenderse, esperó lo peor.

- ¡Buon pomeriggio, mio caro amico!, ¿Te acuerdas de mi?.

Abrió sus ojos de golpe y casi habiendo mojado su pelaje del miedo, lo observó, era el vistoso novio de la más bella de sus quince hermanas (de varias camadas distintas, que se encargaron de repartir sus padres) quien viéndole cara de perdido lo invitó al Rome Pub Crawl de Via del Corso, donde los humanos borrachos botaban el mejor prosciutto al piso y ellos se daban un festín entre sus piernas, que se acariciaban de ves en cuando por debajo de las mesas.

De amanecida contento por haber escapado de la Luna, se balanceaba por una orilla del río Tevere, mientras los otros gatos alegres cantaban “Tutti quanti voglion fare jazz” entre hipos sobre el Ponte Sant’ Angelo. Ebrio de amor les contó sobre su pajarita y ellos se burlaron diciéndole que no se jugaba con la comida y que debería buscarse una de su especie.

- ¿Qué tiene de malo que no sea de mi especie si yo la amo tanto y nunca le haré daño?

- Es que así son las cosas, los gatos con los gatos y los pájaros –¡HIP!- con los pájjjaros…

- ¿Y quien dijo que debía ser así?

- No lo sé, pero alguien lo dijo y debe estar escrito en algún lado. - Sentenció Cesar, antes de caer rendido bajo el puente.

Abatido, siguió el resto de su camino con indicaciones de los gatos romanos y preguntando a quien fuera si alguien sabía quien había dicho que no podía haber amor entre especies distintas, todos lo decían, pero nadie tenía una respuesta concreta, unos hablaban de un libro escrito por humanos donde algo decía, otros sobre un hombre que vivía lejos sobre las nubes que decía que así debía ser y lo contrario estaba mal. ¿Mal?, ¿Puede de alguna forma el amor ser malo?, el gatito poco sabía de amor, pero sabía que la felicidad de ella era la única que le importaba y quería pasar con ella sus nueve vidas, sentir sus alitas revoloteando su corazón era lo mejor que le había pasado desde que su vieja bola de lana, apareció luego de años bajo un ropero dispuesta a seguir rodando.

Después de varios trasbordos de polizón llego a Rieti, un pueblo a las afueras de Roma, divisó a su amo desde el tejado, en el mismo sillón de siempre junto a la ventana, pero ésta vez con la ventana abierta, para recibirlo por si volvía. Sin embargo él corrió a su árbol encontrando en el nido extraños óvalos grisáceos y ni rastros de la pajarita. Bajó afirmándose con sus garras por el tronco, camino a paso lento hacia la ventana donde su amo lo acaricio, lo recostó en su regazo y le dijo: ¿Te enamoraste que andabas tan perdido?.